Recuerdo algo de la época de cuando tenía 2 años, aún dormía en la cuna que le había regalado a mis padres el que en aquel entonces fuera el jefe de mi mamá. La cuna era blanca, de madera, tenía dos dibujos en el pie y cabecera de la misma, no recuerdo con claridad muchas cosas, pero eran dos ositos tiernos.
Aveces me recostaba con los piecitos elevados y apoyados en aquellos barrotes que me aprisionaban. Alguna vez estaba saboreando un dulce suavecito, como de gomita, y por dejarme caer, me lo tragué de golpe; nunca más volví a comer un dulce mientras estaba saltando en mi cuna.
Conforme transcurría el tiempo, me aburría ahí adentro, algunas veces me llegué a salir como podía, incluso, me llegué a poner los tacones de mi madre (ah, cliché). 24 años han transcurrido, todavía recuerdo cuando, caminando tórpemente en zapatos altos de mamá, llegué desde el cuarto de mis padres hasta la cocina (la casa era de una planta en ésa época), donde ví en el suelo, hecha pedazos, la licuadora, a mi mamá frente al desastre, cabizbaja, y a mi abuela pronosticándole de lo que se iba a morir.
No entendía ni jota, pues era léxico adulto, aún así me reí, haciendo que se percataran de mi, mi madre me quitó los zapatos, me tomó en sus brazos para llevarme a la cuna, regañándome que porque podía cortarme con los vidrios del vaso de la licuadora (pues ¿cómo no? Si me había quitado los zapatos dejando mis pies descalzos… ¿Cómo no iba a quedar en peligro de cortarme, no?)
Ya en la cuna, esperé a que me dejara sola para volver a idear un plan de escape.